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4 jul2011

Europa, en la encrucijada

En los últimos tiempos, con la crisis económica cada vez obligando a medidas más drásticas, Europa se está convirtiendo en un querido enemigo para diversos movimientos populares y políticos. Aspectos como la oposición popular al Pacto del Euro o a las medidas de ajuste impuestas a Grecia, la inversión necesaria para los rescates de Irlanda o Portugal o el replanteamiento del espacio Schengen están contribuyendo a un serio problema de imagen para la Unión Europea. Un problema éste que se suma a los ya existentes en el plano puramente económico, y que, aunque quizá no reclame la atención de los dirigentes europeos con tanta urgencia, es también imprescindible resolver de una manera adecuada. La realidad es que gracias a Europa se han conseguido sólidos beneficios, especialmente en el terreno de la cohesión, en el que nuestro país ha avanzado notablemente gracias a la financiación europea. Y no es justo olvidar esta influencia positiva de Europa en nuestra vida cotidiana, así como las iniciativas de construcción europea que se han venido adoptando desde hace ya un buen número de años. Pero a la vista está que no se ha hecho el esfuerzo suficiente para mostrar estos avances al común de los ciudadanos, o, al menos, que el mensaje no ha sido lo suficientemente efectivo. Es urgente recuperar la conexión de los ciudadanos con la idea de Europa y superar el desencanto y desafecto que actualmente provoca, y que se puede constatar sin más que revisar los datos de participación en elecciones y consultas europeas; de ello dependerá, y mucho, la viabilidad del proyecto como un espacio de ciudadanía común, más allá de como una mera coalición de conveniencia económica y política. Es bien cierto que la desafección por la política es un problema endémico en muchos ámbitos; pero otros niveles --local, regional, nacional-- cuentan con la ventaja de que sí suscitan un cierto sentimiento de pertenencia. Si preguntamos a un grupo de ciudadanos con qué territorio o territorios se identifican, probablemente muchos escogerían su ciudad, su región, su país o alguna combinación de ellos, aún conservando la misma desconfianza hacia los políticos que le representan. La pregunta es, ¿cuántos se acordarían de Europa? Sin una identificación efectiva, sin que una mayoría de ciudadanos sientan Europa como algo que les pertenece y no como un ente extraño y ajeno, es tarea harto complicada construir lazos entre los ciudadanos de Europa que vayan más allá de meras relaciones mercantiles. Y sin estos lazos, cualquier discurso de Bruselas --especialmente en esta época de reajustes-- se encontrará con grandes dificultades para calar en la opinión pública. Junto a la evidente tarea de la reconstrucción económica, los líderes europeos se enfrentan también a otro reto, menos evidente pero igual de necesario: volver a hacer sentir a los europeos que estamos en el mismo barco, que Europa somos todos y no sólo unos difusos escaños en la lluviosa capital belga.

Fuente de la imagen del Parlamento Europeo: Wikipedia

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